De por sí el ser humano tiende a dar más peso a las experiencias negativas que a las positivas a la hora de conocer a alguien. Este fenómeno ocurre cuando un aspecto negativo de una persona influye en nuestra percepción de otros aspectos de su carácter. Un error puede llevarnos a formar una impresión general negativa, eclipsando a la persona como a un todo.
Además, también es un mecanismo de autoprotección. Juzgar a otros severamente puede ser una forma de proteger nuestra propia autoestima. Al centrarnos en los errores de los demás, podemos sentirnos mejor con respecto a nuestras propias imperfecciones.
A lo mejor al odiar esa parte de alguien, en el fondo estamos odiando la peor parte de nosotros mismos.