La materia sola es muda, un pedazo de hierro no se pone a filosofar aunque lo dejes mil años en la mesa. Pero cuando esa misma materia se junta con maña, como en el cerebro, empieza la orquesta: impulsos eléctricos que parecen pajaritos haciendo “piii, pipipi, piripipi” a toda velocidad. Un chispazo aislado no piensa, pero el concierto entero va armando un movimiento propio que uno ya no puede reducir a simple electricidad. Es como cuando en el lago no ves un remolino hasta que el agua se aloca y gira: ahí aparece algo nuevo que antes no estaba.
Lo curioso es que ese remolino de pensamientos no lo miramos solo desde afuera, como un médico viendo neuronas parpadear, sino también desde adentro. Lo sentimos, lo narramos, hasta lo discutimos en foros como este. Y eso es lo raro: la materia, al organizarse, logra ser testigo de sí misma. O sea, el cerebro no solo hace “piii”, sino que además dice: “epa, yo existo”. Y ya con eso pasamos de piedra callada a máquina que se sabe máquina.
¿Es otra dimensión? ¿Es solo movimiento? Tal vez sea ambas cosas, o tal vez sea como la arepa: simple masa cuando está cruda, pero en el budare se transforma en otra cosa que ya huele, sabe y nutre. La mente es esa arepa de la materia: hecha del mismo maíz, pero convertida en algo que trasciende lo obvio. Y ahí está la gracia, que mientras otros se preguntan si es alma, energía o software, uno la vive como lo que es: el milagro de un montón de cositos eléctricos que se volvieron capaces de preguntarse por qué existen.