Desde el año noventa y siete, sin falta ni desliz,
salimos con el clan al monte, al bosque, con niebla gris.
Campamentos como ritual, bajo estrellas sin fin,
pero diez veces, algo extraño se posó en cada jardín.
Una entidad sin rostro, sin nombre ni voz,
nos seguía en silencio, como sombra feroz.
En los árboles altos, en techos de hojalata,
se posaba mirando, como quien no se delata.
Subimos un pico, sagrado en mi tierra,
donde el viento murmura y la niebla encierra.
Y allí, desde lejos, sentimos su mirar,
como si el abismo nos quisiera hablar.
Sombras corrían por el escenario,
como danzas oscuras de un calendario.
Y al final, uno del clan, de los veintidós,
confesó que lo seguía una bruja atroz.
Pero no era odio, ni mal ni condena,
era amor torcido, pasión que envenena.
Una bruja enamorada, de alma errante,
que lo perseguía como amante distante.
Se hizo su contra, se quebró el hechizo,
pero aún en la bruma, sentimos su aviso.
Porque hay cosas que el fuego no puede quemar,
y amores oscuros que no dejan de mirar.
