Jamás he sabido quedarme quieto. Hay en mí una inquietud que no se apaga, una especie de hambre constante por lo nuevo, lo distinto, lo que aún no he vivido. Basta con decir que he culminado tres carreras —y he dejado otras tantas a medio camino— no por falta de capacidad, sino porque, en algún punto, la inconformidad o el tedio me susurraron que era hora de seguir.
Me he mudado más veces de las que puedo contar, como si cada ciudad fuera una página que, una vez leída, me empujara a pasar a la siguiente. Todo en mí grita movimiento. Soy, sin quererlo del todo, un nómada de alma: alguien que no se resigna a la comodidad de lo conocido, que siempre quiere más, no por ambición vacía, sino por esa mezcla de curiosidad insaciable y la sensación de que la vida es una escalera infinita, y yo estoy empeñado en subir un peldaño más cada vez.
No huyo, avanzo. No abandono, transformo. Y aunque a veces me canse de empezar de nuevo, hay algo profundamente mío en ese impulso de reinventarme, de buscar sentido en lo que aún no ha sido.
