Esta es la temible historia real. De la shillona muajaja
La Llorona... pero de la que ya no llora solo por agua
Eran las doce de la noche en el meritito barrio de la Joya, cuando el silencio se rompió no por un grito, sino por un lamento que traía un tono medio sospechoso.
—¡Ay, mis hijoooos! —gritaba una silueta blanca, flotando cerca del canal.
Don Teofilito, que venía de echarse unas "cubetas" y ya traía el paso bien gallardo, se detuvo en seco. Él, que siempre presume que "le gusta el arroz con popote", se acomodó el sombrero y se le acercó a la dama.
—Oiga, doñita —le dijo Teofilito—, no le llore tanto a sus hijos, mejor búsquese un padre que le dé consuelo. ¿O qué, me va a decir que "no le entra el sol por la ventana"?
La Llorona se dio la vuelta. Tenía un velo transparente, de esos que dejan ver que "atrás de la raya hay lugar". Miró al viejo y le contestó con una voz que parecía que "le faltaba aceite al motor":
—Es que busco a mis pequeños, señor. Se me perdieron por andar de "mano larga".
—¡Ah, qué caray! —respondió Teofilito mientras se acomodaba el pantalón—. Pues si quiere, yo le ayudo a buscar, que para eso "me pinto solo" y siempre traigo "el mástil bien parado" para que no se me pierda el rumbo. No sea que por andar llorando, se le "vaya a secar la canoa".
La Llorona, que resultó ser más "pilla" que asustadiza, se le acercó al oído y le susurró:
—Mire, caballero, usted se ve que es de los que "muerden el rebozo", pero yo lo que necesito es alguien que me "sacuda el polvo" porque este vestido blanco ya me tiene bien "tiesa".
Teofilito, viendo que la cosa se ponía "de a pesito", no se quedó atrás:
—Pues mire, reina, si quiere pasamos a mi choza, que ahí "tengo un nido de amor" donde "el pájaro nunca se cansa de cantar". Total, "al que madruga Dios lo ayuda", y yo ya traigo "la bendición lista" para dársela en la frente... o donde usted me pida.
Dicen los que saben que esa noche ya no se oyeron gritos de dolor. Lo que se escuchaba por el canal era un ruidito como de "cama que rechina" y una risita que decía:
—¡Ay, Teofilitoooo! ¡No que muy "chile frito" y ya se me anda "doblando el lomo"!
Y así fue como la Llorona cambió el "¡Ay, mis hijos!" por un "¡Ay, qué ricos!", recordándonos a todos que en México, hasta a los fantasmas les gusta que les "den su ración de alegría".