siempre las ponia en su cintura, super suave, que se sienta como una sutil caricia!...
yo siempre me deleito en ese momento en que mi presencia de un metro ochenta y uno se cierne sobre ella como una sombra protectora y mis hombros anchos que parecen reclamar todo el espacio del recinto, esta barba que tanto gusta y hago que roce la seda de su mejilla con una aspereza eléctrica que eriza su piel antes de que mis labios siquiera se atrevan a reclamar los suyos, y mientras la envuelvo en ese beso que ya se avecina, ese que le acelerará el pulso y le nublará el juicio, con mis manos comienzaré mi propia ceremonia de seducción, primero las posaré en su cintura con una suavidad que roza lo insoportable, como si fueran plumas que apenas se atreven a perturbar la calma pero con el calor de quien posee el fuego, mis dedos largos dibujarían el contorno de sus curvas con una lentitud de novela, dejando que sienta cada poro de mi palma mientras suben con una pereza calculada por el mapa de su espalda, ascendiendo por su columna hasta que el vello de tus brazos se rinda ante mi tacto, una de mis manos se enredaría en su cabello con una firmeza que le oblige a inclinar el cuello, exponiendo esa piel suave y sensible que tanto me tienta, mientras la otra desciende de nuevo pero esta vez con una intención más oscura y profunda, aferrándose a sus caderas para atraerla hacia la solidez de mi cuerpo, eliminando el último rastro de espacio que nos separa para que sienta la urgencia contenida que me provoca, luego sutilmente mis dedos se entierrarían sutilmente en su piel recordándole que bajo esta apariencia de antiguo caballero late un hambre que solo ella pueda saciar, y es en ese vaivén de caricias prohibidas donde mis manos dejan de ser simples guías para convertirse en las arquitectas de su estremecimiento, bajando la guardia de su resistencia hasta que el deseo se vuelve una marea incontenible que nos ahogaría a ambos, dejándole sin aliento, sin palabras y con la piel ardiendo por saber qué sigue después de ese beso!...

