Esta es la historia de María una mexicanita chiquita bonita de enormes ojos, ojos que seguían, día tras día, la pantalla donde vivía Mateo, su novio virtual. Pero era en otra ventana donde su corazón se agitaba, intercambiando risas y secretos con Javier, un venezolano pobre y alto que siempre parecía entender su silencio.
La vida explotó en colores cuando Mateo anunció su viaje a su pueblo. “¡Por fin!”, gritó María, decorando la casa con globos y nervios. Esa tarde, Mateo llegó con una sonrisa de selfie y abrazos que olían a colonia nueva. Fue una tarde perfecta, pero en medio de la cena, un vacío silencioso se coló en su estómago la magia virtual no sobrevivió al encuentro real. La decepción la envolvió.
Pasada la medianoche, se escuchaban golpes que resonaban en la puerta. Al abrir, la silueta recortó la luna, eran casi dos metros de sorpresa. “Javier ¿qué haces aquí?”, susurró. Él, vestido como un indigente y con una maleta raída y una sonrisa torpe, murmuró “No pude esperar más para verte, he pasado 15 días viajando por tierra para llegar México”.
En la habitación diminuta, el aire se volvió tangible. Con Mateo roncando en su cama, María miró a Javier, incómodo en el suelo. “No cabes ahí”, dijo. Él, sin abrir los ojos, respondió con un refrán improvisado: “Donde duermen dos, duermen tres”. Cediéndole un borde, la cama se llenó de un calor nuevo, de hombros que casi se rozaban y de un corazón que latía fuerte contra su espalda.
Al amanecer, María invitó a ambos a un campo deportivo. Ella corrió entre ellos, pero su risa buscaba siempre al venezolano, a aquel que había cruzado fronteras sin pedir permiso. En la meta, sin aliento, sus grandes ojos encontraron los de Javier. Y supo, en ese instante, que el amor no viaja por fibra óptica, sino en autobuses y en refranes dichos a media noche.