Un amor obsesivo
Julián no recordaba cómo era su vida antes de que el mundo se redujera a un solo nombre: Aurora.
Al principio, fue algo bonito y sencillo, se enamoró de la forma en que ella apartaba un mechón de pelo de su frente mientras leía en la cafetería. Pero pronto, esa admiración mutó en una necesidad de volver a verla.
Para Julián, Aurora no era una simple mujer; era el eje sobre el cual giraba la rotación de la Tierra, su mundo, dejó de hacer sus cosas por revisar sus redes sociales y mirarla pasar todos los dias cuando ella salía de su trabajo
El Altar de amor:
En su departamento, Julián guardaba un "archivo de milagros". No eran joyas ni cartas de amor —porque ella apenas sabía su nombre—, sino fragmentos de una existencia que él consideraba sagrada:
• Un envoltorio de caramelo que ella desechó a la basura un martes lluvioso.
• Una fotografía borrosa de su sombra proyectada contra una pared.
• El aroma exacto de su perfume, que él había logrado identificar y comprar solo para rociarlo en su almohada antes de dormir.
—"Hoy has tardado cuatro minutos más en salir del trabajo, Aurora", susurró Julián esa noche, acariciando la pantalla de su teléfono mirando su foto, "Sé que estás cansada, sé que ese tipo de la oficina te molesta. No te preocupes, que yo te cuido"
El drama alcanzó su punto de ebullición cuando la realidad se negó a seguir el guion de Julián. Una tarde, vio a Aurora reír con un desconocido en el parque. No era una risa de cortesía; era una carcajada llena de vida, una vida en la que él no existía.
El pecho de Julián se contrajo con un dolor violento y mucha ira.
En su obsesión. El seguía la absurda "lógica" : si ella era su todo, él debía ser el todo de ella. Cualquier elemento externo era una impureza, una amenaza que debía ser eliminada.
Esa noche, Julián no se limitó a observar desde la acera de enfrente, subió las escaleras del edificio de Aurora. Se quedó parado frente a su puerta, escuchando el sonido de la televisión al otro lado, apoyó la frente contra la madera fría y cerró los ojos, imaginando que se abrazaban y no se atrevió a tocar no hizo nada, solo bajó.
Días después, la abordó en un pasillo solitario. Aurora, al verlo, forzó una sonrisa incómoda.
—"¿Julián, verdad? ¿Qué haces por aquí?"
—"Te traje esto", dijo él, extendiendo un libro de poemas cuyas páginas estaban marcadas con anotaciones de ella: "En la página 42 hablas tú, Elena, es exactamente lo que pensaste el lunes cuando mirabas tu ventana" (él la habia estado escuchando a través de la puerta de su casa)
Aurora retrocedió. El brillo en los ojos de Julián no era amor; era un incendio que buscaba consumirla.
—"Julián... me asustas. Por favor, deja de seguirme".
Ella se alejó a paso rápido, pero él no se movió. No sintió rechazo, sino una triste incomprensión. "Pobre Aurora", pensó (mientras la veía desaparecer tras la esquina) "aún no entiende que somos uno solo, pero tengo tiempo, tengo toda la eternidad para que se dé cuenta de que nadie la amará con esta pureza".
Julián regresó a su altar, sacó una pluma y escribió en su diario la fecha y la hora exacta en la que ella le había dicho su nombre por primera vez. Para él, eso no era el fin, sino el prólogo de una entrega total.