Había un grupo de hombres donde mantenían una discusión sobre la belleza y parecía interminable. Cada cual defendía su teoría: proporción de líneas, armonía de colores, juventud, salud, gracia, inteligencia… hasta que Daniel, con su habitual ironía, sentenció: “La belleza no es nada”. Y para probarlo, relató la historia de su amigo Marcelo.
Marcelo, joven arquitecto, vivía en Madrid con su hermano y su cuñada Jacinta, mujer de extraordinaria hermosura. Poco a poco, sin proponérselo, se enamoró de ella con pasión prohibida. Al descubrir que Jacinta también parecía corresponder, se horrorizó y huyó al campo, buscando refugio en un lugar campestre de la serranía. Allí lo recibió el capataz y su hija Manuelita, muchacha sencilla, alegre y viva, que sorprendió a Marcelo por su increíble parecido con Jacinta: mismos ojos, misma voz, mismo gesto.
Marcelo creyó que la suerte le ofrecía un remedio: amar a Manuelita para olvidar a Jacinta. La cortejó, la siguió, y ella, tras resistirse, acabó cediendo. Una noche, en un cuarto iluminado por la luna, Marcelo se acercó a ella con el corazón desbordado… pero al abrazarla, al sentir su perfume, escapó de sus labios un nombre: “Jacinta”. Horrorizado, comprendió que no amaba a Manuelita, sino la sombra de su cuñada reflejada en ella. Huyó de nuevo, cargado de remordimientos, y terminó sus días en el extranjero, consumido por la fiebre y la desesperanza.
Daniel concluyó: la belleza no es un atributo fijo ni una realidad externa, sino una ilusión que proyectamos desde dentro. Para Marcelo, Manuelita nunca existió como mujer propia, sino como eco de Jacinta. Y así, la hermosura se revela como un espejismo, una idea que vive únicamente en nuestra percepción.