El Abrazo Pendiente
Pasé años tocando puertas que no eran mías,
buscando en los ojos de otros
un reflejo que me dijera: "existes",
mendigando migajas de un cariño
que yo tenía el banquete entero para darme.
Creí que ser era hacer,
que valer era complacer,
y en el ruido de tanto aplauso ajeno
dejé que mi propia voz se hiciera silencio,
un huésped extraño en mi propia piel.
Hasta que un día, cansado de la huida,
me detuve frente al espejo,
no para juzgar la grieta ni la herida,
sino para ver quién habitaba al fondo.
Y allí estaba yo.
Esperándome.
El amor propio no fue un grito de victoria,
fue una tregua silenciosa.
Fue bajar las armas contra mi pecho
y aceptar que soy la obra y el artista,
el caos y la calma,
la raíz torcida que aun así, florece.
Entendí que no soy una mitad buscando completarse,
soy el cielo entero esperando despejarse.
Que perdonarme es la llave,
que cuidarme es el camino,
y que de todos los amores que recorreré en la vida,
ninguno es tan urgente, tan sagrado y tan eterno,
como el que me debo a mí mismo.
Ya no busco quien me salve.
Hoy, por fin, he vuelto a casa.