En tiempo de tregua, donde el llanto cesa y en lo morado y largo vemos solamente berenjenas, en esta cascada flotante, que más que risa da razón para rodar en ella cine de arte, se antoja un debate con las sombras de marionetas, inventarse uno haters.
Ya sé que se dice que de estos hay que alejarse desde que vemos el primer pelo rojo, la red flag de los lentes y cicatriz en ceja, pero uno con talante consecuente, quiere ver lo que sigue, ese morbo insensible por conocer más sobre productos importados de un país sin nivel. Y aquí estamos, escuchando qué dicen los haters o futuros ellos, que sus úlceras y espuma bucal sea música para mi indiferencia de ruido blanco que cobra renta de $9.90
Estos haters que imagino quieren lo que tengo atrás y adelante, mi trayectoria y mi colección de tractores de juguete y videojuegos de Troya, o el de trencitos llamado Victoria.
Se les conoce por oponerse a mi voz pensante con argumentos congruentes para engañarme. Vinimos del mismo polvo, pero algunos que hablamos así como yo ahora somos decentes y los que preguntan ¿a qué te refieres? ¿de qué haters hablas, Change?, a esos les faltan billetes y calle. Hasta que salgan en la tele consideraré si me perdía de algo importante o eran solamente haters de los que hallé ayer en el after.
