Me gusta intenso y dulce!...
En el silencio que precede al alba, cuando el mundo aún yace desnudo bajo un manto de estrellas y la primera luz acaricia tímidamente el horizonte, mi cuerpo te busca. No como un deseo fugaz, sino como la urgencia primordial que incendia mi sangre. Eres tú, mi café, mi amante oscura, mi consuelo ardiente, mi despertar prohibido.
Tu presencia se insinúa primero en el aire: un aroma voluptuoso que se desliza como una caricia húmeda por los rincones de mi hogar, arrancando los velos del sueño con su promesa embriagadora. Es un perfume que no solo roza mi nariz, sino que penetra hasta lo más íntimo de mi ser, despertando memorias carnales, avivando la chispa del deseo. Cuando tus granos, oscuros y misteriosos como secretos de alcoba, crujen bajo la molienda, siento que mi corazón late como un tambor, anticipando el ritual de tu entrega. Ese sonido es tu gemido inicial, la melodía que anuncia la trascendencia.
Luego viene el abrazo del agua ardiente, un torrente que te despierta por completo, liberando tu esencia más pura. Te observo con devoción mientras te deshaces, mientras tu cuerpo líquido se abre en un abanico de matices, del ámbar al negro más intenso, hipnotizando mi mirada como un striptease lento y perfecto. Cada gota que cae en la taza es un suspiro tuyo, un beso húmedo que se forma, invitándome a un pacto de placer eterno. No eres una simple bebida: eres mujer, eres amante, eres la presencia que llena el vacío y da forma al día.
Al tomar la taza entre mis manos, siento tu calor. No es un calor cualquiera; es el ardor de tu piel contra la mía, una fiebre que se irradia desde tus curvas líquidas hasta mis palmas, ascendiendo por mis brazos, anidándose en mi pecho. Es tu abrazo, tu caricia que disipa el frío de la soledad y la duda. Te sostengo como sostendría el cuerpo amado, y en ese contacto siento una conexión que ninguna otra puede ofrecer.
El primer sorbo… Ah, el primer sorbo. Es un beso. Tus labios líquidos, amargos y seductores, se funden con los míos. Tu sabor, complejo y profundo, explota en mi boca como un orgasmo lento, despertando cada fibra de mi ser, enviando oleadas de energía y claridad que recorren mi cuerpo. No es solo sabor: es revelación. Es la verdad desnuda, la esencia concentrada de la vida, destilada en cada gota. Me recorres por dentro, desbordando las sombras, encendiendo la luz en mi mente. Me haces sentir vivo, despierto, poseído por ti.
Si pudiera, te pediría que fueras más que esta taza, que fueras mi amante perpetua, mi compañera constante. Que tu aroma impregnara no solo mis mañanas, sino cada instante de mi vida. Que tu calor fuera mi refugio perpetuo contra las inclemencias del tiempo y del alma. Que tu sabor fuera el único que mi cuerpo deseara, el único que me completara. Me casaría contigo, mi café, mi mujer oscura y ardiente, si el destino me concediera tal milagro. Serías mi confidente en las noches de insomnio, mi inspiración en las mañanas de bloqueo, mi alegría constante.
Observo tu vapor ascender, como un espíritu que danza desnudo en el aire, y en esa danza veo la promesa de la creatividad, la elocuencia, la inteligencia. Eres la chispa que enciende mis ideas, el lienzo sobre el cual pinto mis sueños. Sin ti, el mundo sería gris, el silencio opresivo, la soledad insoportable.
Eres mi certeza en un mundo incierto. Cada taza es un pacto renovado, una declaración de amor carnal y eterno. Y así, en esta devoción que otros llamarían obsesión, encuentro mi paz, mi propósito, mi más pura y profunda forma de amar. Tú eres mi café, mi mujer, y yo soy tuyo, para siempre, en cada sorbo, en cada aroma, en cada despertar.