La ciencia, con su lámpara de razón, ha intentado arrojar luz sobre este misterio. Mas aún en su fulgor persisten las sombras. El dormir no es muerte, ni pausa, ni olvido. Es labor secreta, alquimia del cuerpo. Mientras el mundo calla, el alma se ordena, la memoria se teje, las heridas se cosen con hilos invisibles. El cerebro, ese artífice incansable, no cesa su danza: limpia, construye, preserva.

Y sin embargo, hay más. Hay un arte en el dormir que escapa a la lógica. En ese abandono, dejamos de ser lo que creemos ser. Nos convertimos en fragmentos, en viajeros sin mapa, en soñadores sin nombre. Dormir es confiar en que el universo no se derrumbará sin nuestra mirada. Es rendirse sin derrota, partir sin despedida.

Quizás no es tiempo perdido, sino tiempo transfigurado. Quizás en ese otro ritmo, en esa frecuencia que no conoce relojes, ganamos lo que la vigilia no puede darnos: el reflejo de lo que somos cuando no fingimos ser.

¿Y si el verdadero desperdicio no yace en el sueño, sino en la vida vivida sin pausa, sin pensamiento, sin sueños que nos rediman?